Exposición

Júlio Quaresma. Arqueologías Comestibles

fecha de inauguración

31 Octubre 2014

fecha de clausura

06 Enero 2015

Exposición

  • Planta -1
  • Planta B
  • Planta 1
  • Planta 2
  • Planta 3

Por medio de la máscara Júlio Quaresma, un artista que ha sentido un enorme interés por la armonía y la serenidad oriental, invoca la potencia de lo pretendidamente primitivo, nos introduce en la ritualidad africana. Establece una rara (dis)torsión de ese género que se ocupa de la pintura de los objetos que no se mueven. Porque si la máscara “rigidifica” el rostro, no deja de estar asociada a una ritual, a una performatividad excepcional. Sabemos que la máscara no es una realidad “autónoma” si no que forma parte de un conjunto de ritos y mitos, que interviene en momentos festivos o en sacrificios, que marca lo excepcional y afecta a la vivencia cotidiana. Esos “objetos” que condicionan, en todos los sentidos, la vida de los sujetos están colocados junto a lo que nos alimenta y adquieren un tono inquietante, como si las naturalezas muertas dejaran de lado lo decorativo para imponer un tono cuestionador. Quaresma introduce en su pintura un repliegue conceptual, como ya hiciera con sus particulares imágenes del cuerpo decapitado, aquellas visiones capitales que hurtaban la fisonomía del rostro. En los imponentes bodegones de Júlio Quaresma encontramos, junto a la rotunda realidad de la máscara la también inquietante cualidad de la carne, como ese enorme costillar que domina casi la mitad del cuadro titulado Vermeer´s Secret Archaeologies, 2013. Esa carne sedimenta la historia de muerte, violencia, sacrificio y cacería que atraviesa la tradición de la pintura. Sin duda, los bodegones de Quaresma también nos presentan lo sabroso sin dejar de introducir la inquietud o extrañeza de la máscara, los signos de la vida y de la desaparición, lo que nos alimenta y también aquello que tememos, lo material y eso que tal vez nos ponga en contacto con lo sagrado. La obra de Júlio Quaresma ha consistido siempre en una indagación de los límites en la que la potencia de lo visible tiene que ver con aquello que propiamente no vemos.  Los planos teatrales de la pintura de Júlio Quaresma funcionan como un velo, atrapando nuestros deseos, sugiriendo que estamos ante un enigma; medita sobre un género tradicional de la pintura al mismo tiempo que introduce algo ajeno a esa tradición como es la máscara africana sin perder de vista en su “exceso de lo comestible” la condición tremenda de los desfavorecidos de la tierra. Las imágenes arqueológicas de este artista nos donan el placer y el recuerdo de lo otro, de la magia, del ritual, de lo que no es idéntico, hacen que nuestra mirada se confronte con una máscara distante y que, sin embargo, nos interpela con una extraña familiaridad. Esa escena nos devora y, al mismo tiempo, nos alimenta.

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