Exposición

BERNARDÍ ROIG. SHADOWS MUST DANCE

fecha de apertura

26 Noviembre 2009

fecha de clausura

31 Enero 2010

Exposición

  • Planta -1
  • Planta B
  • Planta 1
  • Planta 2
  • Planta 3

La exposición Shadows Must Dance recoge una selección de los trabajos realizados por Bernardi Roig (1965) en los últimos cinco años. Estas obras son una continuidad del tejido reflexivo que Bernardí Roig ha desarrollado en torno al exceso de luz, la ceguera, la imposibilidad de la mirada, el desencuentro y la invisibilidad y sus metáforas. Esculturas en aluminio, bronce o resina de poliéster realizadas a partir de calcos de personas de su propio círculo, mantienen los ojos cerrados frente a una luz que los ciega y los devuelve de forma vertiginosa a su propia soledad, una soledad malherida por el almacén de derrotas en que se han convertido sus cabezas. Figuras aisladas, algunas congeladas por un frío aterrador y sometidas a la presión de su ausencia de identidad; otras suspendidas en el espacio y envueltas en un blanco metafísico que todo lo cubre, nos conducen a asumir definitivamente la bancarrota de la palabra; la certeza de que no hay comunicación posible. ¿Qué sería de la verdad, se pregunta Bataille, si no fuésemos capaces de ver aquello que excede nuestra posibilidad de ver? Venimos de una tradición que ha construido con las imágenes de la luz y la iluminación algunas de las figuras fundamentales del pensamiento. En la Antigüedad los clásicos se arrancaban los ojos para ver, y la ceguera, hundiendo al sujeto en la más profunda oscuridad, propiciaba las visiones. Estos trabajos nos hablan de una mirada obturada que configura un territorio extremo al que hemos sido arrojados en la insobornable empresa de abrir los ojos, y de la que estamos cautivos en la medida en que seguimos siendo hijos de la modernidad. La ceguera produce visiones que el sujeto moderno administra para ver. En esta atmósfera visionaria cubierta por incertidumbres, apariciones y dobles fantasmáticos, Bernardí Roig traza un espacio fronterizo entre el sueño y la realidad, un lugar definido por la ausencia de garantías donde anclar las convicciones. Además de la voluntad narrativa y su meticulosa puesta en escena, en esta serie de obras se aprecia una fascinación por el Barroco y su tendencia más teatral: “Me interesa el Barroco y su sentido escenográfico. Se me acusa constantemente de excesivo y obsesivo porque entiendo la imagen como un condensado de experiencia incomunicada y esa convulsión desordenada posiblemente me lleve a la exageración. Los que defienden la contención dramática están fuera de mi linaje de preocupaciones. No hay que temer al exceso, posiblemente la única forma de acercarse a algo, aunque hay muchos que prefieren, todavía hoy, la ciénaga del formalismo fosilizado. Es el tejido del lenguaje con el deseo lo que convierte al sujeto en un acontecimiento relatado. Yo necesito ese relato para construir esas imágenes y ponerlas en escena”. La luz que emiten estas piezas no es una luz que las ilumina, más bien al contrario, es una luz que impide que las veamos, y que por tanto sólo sirve para seguir construyendo el espesor de nuestra ceguera. Pero no como ausencia de visión sino como posibilidad de representar, precisamente, ese algo sustraído a la mirada que configuraría la mirada interior. En los trabajos de Roig esa mirada interior, y su puesta en escena de connotaciones minimalistas, es el baluarte de resistencia a esa hipervisibilidad que hoy es la forma definitiva de exterminar el valeroso acto de mirar. “Me interesa el espacio teatral que inventa el minimalismo, donde la escultura pierde el pedestal, se reubica entre los objetos y se redefine en términos de lugar. Pero una vez aprendido esto, el minimalismo me deja de interesar porque consuma el modelo formalista de la modernidad. Es idealista, reductor y amnésico. Y yo soy un hijo de Pompeya que asume la herencia visual del cristianismo, la idea de la encarnación y no puedo olvidar que el rojo de un vaso de Creta contiene la memoria de la última puesta de sol. (Dan) Flavin usa el fluorescente como material, precisamente, para desmaterializar el espacio y a mí me sirve como metáfora para construir una narración. Hay una pulsión de significado en mi trabajo que pasa por la figura, por situar la figura en el espacio y esperar que sucedan fricciones”.

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