Ignacio Pinazo. El humo del amor

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11 May - 06 Nov 2011

Pinazo realizó en 1892 un singular lienzo que incluyó en su envío a la Exposición Nacional de 1895 con el título de Cupido, en el cual representaba al dios del amor acompañado de una atractiva muchacha que le enciende el cigarrillo. Una composición que  guarda escasa relación con los retratos, las pinturas de historia y las de género que él cultiva preferentemente,  pero si se conoce medianamente la obra y el modo de trabajar de este artista, pronto se descubre cómo  se servía de sus óleos y dibujos para trazar crónicas y relatos de distinto tipo. Historias que se van superponiendo y con frecuencia se interrumpen para ser retomadas. Esta composición de Cupido encendiendo un cigarrillo no se entiende sin tener en cuenta el desarrollo de la pintura decorativa, en la que se encontraba inmerso en ese momento, y en la cual aborda temas alegóricos en los que Eros es protagonista principal.

Para llegar al cuadro en cuestión de Cupido encendiendo un cigarrillo se pueden buscar una serie de antecedentes e inspiraciones, que partirían del lienzo Cazando mariposas (c. 1880), de ahí  al Retrato de María Jaumandreu (1885), cual alegoría de la primavera, y de éste al lienzo de gran formato Bella herida por Cupido (1889) (Museo Nacional de Cerámica González Martí), que pintó en uno de los paneles decorativos de la cervecería El León de Oro en Valencia, que es una obra que también se expone ahora como otra clave de la exposición. Aunque podrían recordarse otras pinturas,  estas citadas  son suficientes para plantear la existencia de un ciclo temático esteticista de exaltación de la naturaleza y del esplendor de la  juventud, de la fuerza del amor y la pasión.  A pesar de que este conjunto seleccionado reúne obras de signo tan diferente, actúan como elementos aglutinadores e integradores de todas ellas el paisaje y una iconografía femenina plenamente inserta en las coordenadas culturales y la visión erótica del entre siglos, que no debe de ser obstáculo para apreciar los valores plásticos, la hondura psicológica, y la originalidad de estas pinturas como singulares creaciones de su tiempo. Son obras en extremo meditadas y elaboradas en las que Pinazo vuelca toda su maestría técnica y compositiva.

La escena de Cupido encendiendo un cigarrillo transcurre en medio de un paisaje primaveral que proclama la fertilidad de la tierra a través de las múltiples floraciones y frutos que se divisan en la amplia panorámica. Una naturaleza exuberante, llena de colorido y verdor, que denota la familiaridad de Pinazo con el medio rural valenciano.

De este lienzo hay que destacar una serie de bocetos a lápiz y al óleo que se presentan también en la presente muestra. Pinazo solía hacer numerosos estudios de sus composiciones, sobre todo dibujos, con los cuales iba desentrañando y seccionando distintos pormenores de la idea, repitiendo cuantas veces le viniera en mente una misma figura. El pintor tendía a diseccionar en detalle los elementos de sus composiciones. Sus obras son muy elaboradas y meditadas, sin dejar nada al azar o a la improvisación. Las diferentes pinturas de temas florales y mitológicos que realiza hasta 1891, son también experiencias que sintetizan y enriquecen la nueva pintura. 

Pero si se analizan otros detalles del lienzo de Cupido encendiendo un cigarrillo, se comprueba que la joven lleva el mismo traje que la mujer del gran lienzo apaisado de la cervecería El León de Oro de Valencia que representaba a una Bella herida por Cupido. En la pintura de la cervecería el  Cupido, también con alas de mariposa, muestra su carcaj con flechas. Por el contrario el Cupido fumador lo tiene completamente vacío, está desarmado e indefenso. El asunto en definitiva es una fantasía a la cual no se le puede dar una lectura precisa y lógica por lo caprichoso y arbitrario del asunto, pero, el citado cuadro participa de muchos de los componentes y elementos connotativos y simbólicos de la pintura del entre siglos no exenta de una cierta perversidad; juegos equívocos y metafóricos en torno a la iniciación en el placer o a la ambigüedad de las relaciones con la bella del fin de siglo.

La Bella herida por Cupido, da muestras de un estado de desasosiego y anhelo propio de quien ha caído en las redes del fuego ardiente del amor. La elegante joven decimonónica aparece acostada en el césped de un frondoso paraje. La muchacha está acompañada por un travieso Cupido con alas de mariposa, plasmado con trazos libres y expresivos. Éste, cual cazador que se complace ante la visión de las piezas abatidas, observa como su víctima sufre de un modo súbito los efectos de sus flechas. La pintura es una alegoría del amor, o más exactamente de la pasión y el arrebato amoroso, del ardor del amor carnal. La mujer adopta una actitud de postración receptiva, de entrega anhelante que delatan su misma postura y gestos. Lo cual la convierte en una pintura muy expresiva del interés que el erotismo apenas velado despertaba en el arte más avanzado de la época.

El humo del amor, no como emanación del cigarrillo que fuma Cupido, sino como metáfora del ardor sensual que desencadena el fuego de sus flechas, hace de nexo con otras pinturas en las que el hijo de Venus sigue estando de algún modo presente. El universo iconográfico de Pinazo era muy rico y plural. A pesar de sus preferencias por una serie de temas concretos como el paisaje y la pintura de tipos, no es menos curiosa su pintura decorativa y la manera como la desarrolla. Este tipo de encargos se escalonan especialmente entre 1887 y 1900.  Pinazo no era un pintor decorador en el sentido más estricto y tradicional del término, pero aborda la cuestión de un modo personal, donde tanto la iconografía como el estilo son indicadores de la modernidad que representaba su pintura en Valencia.