Xavier Mascaró, nacido en París en 1965 y licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona en 1988, es poseedor de una trayectoria escultórica todavía joven en años, pero fecunda, y cuajada de numerosas experiencias, obras, y exposiciones, tanto nacionales como de ámbito internacional. La calidad, diversidad y singularidad de sus esculturas, dibujos, instalaciones y escenografías le convierten en uno de los artistas españoles más importantes de nuestro panorama artístico actual.
Aunque su carrera se inicia, a finales de los ochenta, dentro del ámbito de la pintura, muy pronto irá trasladando sus intereses plásticos al territorio volumétrico y espacial de la escultura. La vocación de «arrancar una presencia al vacío», tal como lo expresó Giacometti, le iba a llevar finalmente, a mediados de la década de los noventa, al encuentro con el mundo de lo tridimensional.
Inicialmente, el material elegido para dar cuerpo a sus obras sería el hierro fundido, como podemos comprobar en buena parte de las piezas que componen esta muestra. Un material noble y milenario, al que ha sabido convertir en fuente de nuevas soluciones escultóricas, y que le hace inscribirse de pleno derecho en una tradición netamente española, compartiendo genealogía con otros escultores como Julio González, Oteiza, Chillida, Serrano y Chirino, o, más recientemente, Cristina Iglesias, Juan Muñoz y Susana Solano, al tiempo que mantiene su propio lenguaje personal.
La obra de Xavier Mascaró es muy diversa y difícilmente clasificable. La rotundidad visual y conceptual, el frecuente trabajo en series temáticas, el uso a menudo de grandes volúmenes, la ocupación y delimitación del espacio en sus llenos y en sus vacíos, la plasmación plástica de formas y masas en continua tensión, la existencia de una fuerte carga simbólica, la gran diversidad de elementos iconográficos que pueblan sus esculturas, la versatilidad de los materiales empleados, la reflexión entre naturaleza y cultura, e incluso un cierto hálito narrativo y argumental que acaba adquiriendo puros tintes escenográficos, son algunos de los rasgos con los que construye una obra escultórica atemporal, espiritual muy personal y característica.
El tiempo –“gran escultor”, como bien supo verlo Marguerite Yourcenar– habita y da sentido igualmente a sus esculturas. Un tiempo que ocupa un doble registro: universal y personal, pasado y futuro.